Un comerciante argentino llamado Eduardo Valfierno convenció al carpintero italiano Vincenzo Perugia (ex empleado del Museo del Louvre) para que robase el cuadro, con el fin de venderlo por una cifra millonaria.
Eduardo Valfierno. Un auténtico estafador, hijo de un terrateniente
argentino, que a poco de heredar dilapidó la fortuna de su padre. Para
mantener el ritmo de vida al que estaba acostumbrado, se introdujo en el
mundo de la venta de obras de arte, y de ahí pasaría a entablar
contacto con un falsificador francés, el pintor Yves Chaudron, que según
he podido leer en algún sitio, se consideraba casi como una
reencarnación del propio Leonardo. Juntos se convirtieron en unos
hábiles estafadores de obras de arte.

El
20 de agosto de 1911, Perugia llegó al Museo del Louvre esperando al
cierre del museo para quedarse oculto en su interior sin resultarle nada
complicado ya que conocía perfectamente los entresijos del mismo y las
costumbres de los vigilantes, puesto que el propio Perugia había sido
empleado del establecimiento. Al dia siguiente, dia 21 de agosto de 1911
con toda tranquilidad, aprovechando el día de cierre del museo para
labores de mantenimiento y limpieza, y vestido con una gabardina blanca
como las que usaba el personal del museo, descolgó el cuadro y a
continuación, en la escalera Visconti, retiró la tabla de su marco,
abandonando este último. Poco después salió del museo con el cuadro
escondido bajo su ropa, colocándolo posteriormente en una valija.
Se llevó el lienzo dejando sus huellas sobre el cristal que protegía el cuadro, pero nadie pareció fijarse en ese detalle.
Cuando el pintor
Louis Béroud entró al salón para apreciar el cuadro, notó que no estaba y
avisó de inmediato a la guardia. El museo cerró por una semana, para
efectos de investigación.
Cuando los empleados del Louvre vieron el hueco en la pared, no le
dieron mayor importancia. Pensaron que lo habían retirado para ser
fotografiado para la realización de algún catálogo, por alguno de los
fotógrafos que estaban autorizados para ello. No fue hasta el día
siguiente, el martes 22, que el robo fue descubierto, gracias a la
insistencia de Louis Béroud, un pintor que hacía reproducciones para
turistas. Aquella mañana había llegado temprano al museo para copiarla,
encontrar un buen sitio y evitar las molestias de los visitantes y
curiosos. Al no encontrarla y tras insistir, pues al principio no se le
hizo mucho caso, los guardias comprobaron, horrorizados, que el cuadro
había sido robado y no retirado para fotografiarlo. Como se recoge en el
periódico La Vanguardia, del 23 de agosto, no se tuvo certeza de la
sustracción hasta primeras horas de la tarde.

Enseguida
pasó a denunciarse la falta de medidas de seguridad en el Museo.
Resultan escalofriantes, de ser ciertas, las informaciones de
La Vanguardia del sábado 26 de agosto.
Un diputado se mostraba indignado porque había sistemas de seguridad
más modernos en alguna pequeña parroquia de los alrededores de París,
que en el museo más importante de Francia. Un miembro de la Sociedad de
Amigos del Louvre, denuncia el abandono del museo y la falta de celo de
vigilantes y resto del personal, porque en una ocasión casi llega a
pisar el cuadro robado, depositado sin ninguna vigilancia en el suelo. Y
finaliza con el relato de un fotógrafo describiendo cómo trabajaban sus
colegas y él mismo en las reproducciones, concluyendo que el que no
robaba algún cuadro era porque no quería.

Casi de inmediato, empezaron a circular por todos los corrillos las
diferentes hipótesis sobre el motivo del robo, quizá debido a un ladrón
dispuesto a pedir un rescate. Algunos esperaban que pudiera tratarse de
una broma pesada, sin embargo, otros creían que podía ser una
demostración práctica de la ineficacia de los sistemas de seguridad del
Louvre. Hubo incluso quien habló de un admirador enamorado del cuadro o
algún millonario caprichoso que pretendía disfrutarlo en exclusiva. Una
de las hipótesis más graves estuvo a punto de ocasionar un conflicto
diplomático, al atribuir la responsabilidad del hurto al gobierno
alemán, como forma de humillar a Francia. No olvidemos el clima de
tensión que se vivía entre ambos países previo a la Primera Guerra
Mundial. A los germanos no debió hacerles ninguna gracia la acusación, y
contraatacaron acusando a los franceses de preparar un complot
antialemán.

La
policía, por su parte, pronto empezó a hacer averiguaciones y elaboró
una lista de sospechosos. Se detuvo e interrogó a numerosas personas,
algunas muy ilustres. Uno de ellos fue el escritor Guillaume
Apollinaire, quien en una de sus provocadoras declaraciones, había
pedido quemar el Louvre con todas sus pinturas, ya que representaba el
arte oficial, que en su lenguaje equivalía a caduco. A través de él,
también fue interrogado su gran amigo Pablo Picasso, que contaba con
antecedentes por compra de objetos robados, aunque él siempre negó que
supiese que lo eran. Ambos fueron absueltos de la acusación.
Los esfuerzos policiales fueron totalmente infructuosos, y el cuadro
estuvo desaparecido durante 853 días. Se cuenta que en este tiempo,
muchos curiosos se acercaban hasta el museo tan sólo para ver el hueco
que había en la pared que ocupara la obra de Leonardo.
Valfierno hizo
negocio con cinco coleccionistas estadounidenses y un brasileño, a
quienes les vendió falsificaciones realizadas por el pintor Yves
Chaudron, a cada uno por trescientos mil dólares.

Unos
años antes, el museo había sufrido el robo de otras piezas de arte, lo
cual hizo suponer a la policía que ambos acontecimientos estaban
relacionados. Esta suposición se mantuvo hasta el 6 de septiembre de
1911, cuando se captura erróneamente al escritor Guillaume Apollinaire,
quien fue declarado inocente más adelante. Se había creído en su
culpabilidad debido a que él había propuesto la quema del museo,
aduciendo que allí se "encarcelaba el arte".Posteriormente, fue
capturado el pintor Pablo Picasso, debido a que tenía antecedentes de
comprar objetos de arte robados, quien posteriormente también fue
declarado inocente. Al mismo tiempo que se realizaban las
investigaciones sobre el robo, se capturó al aventurero belga
Honoré-Joseph Géry Pieret, quien confesó ser el autor del robo de 1906,
pero no del de La Gioconda. Durante su ausencia en el museo, la
afluencia de visitantes continuaba; acudían (en menor número) a apreciar
el hueco en la pared, de donde el cuadro fue hurtado.

La
pintura fue recuperada dos años y ciento once días después del robo,
registrándose la captura de Perugia. El detenido, intentó vender el
cuadro original al director de la Galleria degli Uffizi, Alfredo Geri,
quien se hizo acompañar de la policía. Perugia alegó que el robo había
sido perpetrado para devolver la obra a su verdadera patria, y que él
sólo era víctima de un estafador; el jurado lo sentenció a varios años
de prisión.Antes de regresar al museo, la pintura se exhibió en
Florencia, Roma y Milán. En 1931, Valfierno contó su historia a un
periodista estadounidense, revelando la identidad de los estafados con
las falsificaciones. Tras dicho robo, algunos pintores afirman que
puede dudarse de la originalidad del cuadro en exhibición, puesto que
fácilmente puede ser una copia. Durante la Segunda Guerra Mundial, el
cuadro fue custodiado en el castillo de Amboise y posteriormente en la
abadía de Loc-Dieu.
Fuentes y textos:
Wikipedia,
Lineaserpentinata
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