David Berkowitz: “Son of Sam”

Una vez en la cárcel, David Berkowitz reconoció haber formado parte de un culto satánico relacionado con Charles Manson.

“…Me fascinaban los temas relacionados con la brujería y el ocultismo. En 1975 conocí a unos tipos que parecían simpáticos. Eran satanistas. Ingenuamente me uní al grupo, y empecé asistiendo a los rituales. Al principio no era más que un simple participante, pero muy pronto me convertí en un verdadero adorador del Diablo. Mi cuerpo y mente le pertenecían, yo me estaba convirtiendo en una máquina de matar…”.

“Los Demonios quieren chicas, azúcar, picante y todo lo que fascina. Soy el Demonio del Pozo sin Fondo aquí en la Tierra que viene a sembrar la confusión y el terror. ¡Soy Guerra, soy Muerte, soy Destrucción!”.

David Berkowitz



SU INFANCIA
 David Berkowitz nació el 1 de junio de 1953, hijo de Betty Broder. Se había casado con un italo-americano llamado Tony Falca, a la edad de diecinueve años. Su marido la abandonó seis años más tarde por otra mujer. En 1947 comenzó un romance con un hombre casado, Joseph KIeinnman, que se dedicaba al negocio inmobiliario. Al decirle que estaba embarazada, él contestó que si quería que se siguiesen viendo, debía deshacerse del niño por lo que fue un hijo no deseado para su madre natural fue dado en adopcion. Fue adoptado por Nat y Pearl Berkowitz.  

Su madre adoptiva murió de cáncer cuando sólo tenía catorce años.


Era un niño tímido y con baja autoestima que trataba de proyectar una apariencia autosuficiente, mintiendo y causando problemas.
Su comportamiento alternaba constantemente momentos de extrema timidez, complejo de inferioridad y fuertes depresiones con arrebatos de ira y violencia extremas.

Tenia fama de niño consentido que se metía con todo el mundo.
 En el colegio parecia timido por lo que era hostigado por sus compañeros.

Cuando el tenía 14 años, su madre adoptiva murió, y este hecho fue lo peor que le pudo pasar. En 1969, él y su padre se mudaron a la Co-op City del Bronx.



Las notas de David en la escuela cayeron en picado; parecía que había perdido totalmente el rumbo. Durante la adolescencia tuvo un comportamiento asustadizo y tímido con las chicas. Nunca abría la boca delante de ellas. La única chica con la que salió en toda su vida fue una vecina de Co-op City, Iris Gerhardt. A ella le gustaba su carácter cálido y servicial, y decía de él que “Dave era un chico que haría cualquier cosa por ti”.

David no tenía éxito con las mujeres, razón por la cual fue alimentando su odio contra ellas, además del recuerdo de su verdadera madre y su abandono, reforzaban este odio. Uno de sus amigos recordaría que David le propuso una vez unirse a un “Club de Odiadores de Mujeres”.

Cuando sus amigos empezaron a fumar marihuana, David se quedó fuera: estaba demasiado inhibido para participar.

"Mis padres estaban constantemente preocupados por mi comportamiento extraño. Sabían que yo vivía en un mundo imaginario y no podían hacer nada contra los demonios que me atormentaban y controlaban mi mente. Yo quería ayudar a la gente a ser importante”, dijo.

Como tantos otros asesinos múltiples, estaba poseído por la necesidad de ejercer algún poder sobre el resto de la gente.

Nat Berkowitz se volvió a casar en 1971. David no se llevaba bien con su nueva madrastra y ni tan siquiera con su hermanastra, asi que decidió alistarse en el ejército para evitar esa situacion pasando un año en Corea. En este tiempo, incluso se cambia su ideología religiosa, judaismo, a baptista.


Abandono el ejercito volviendo con su Padre. Su padre ya molesto con él, debido a su continuo alardear de sus nuevas ideologias religiosas, llegando a criticar al judaismo. David se situaba continuamente frente al espejo, golpeándose la cabeza con los puños. Suponemos que todo este conjunto de sucesos propicio el traslado de su Padre a Florida.

Esto fue otro duro golpe en la vida de David quedando mas solo de lo que ya se sentia.

La mente del joven David, incapaz de asimilar tanta soledad, produjo que en su adolescencia comenzara a padecer de doble personalidad.

La vida en Co-op City se volvió tan desagradable para él que muy pronto se trasladó a su nuevo apartamento en el 2151 de Barnes Avenue, en el Bronx.

No todo parece ser tan malo en su vida
Desde que cumplió los siete años sabía que era un niño adoptado. La soledad lo impulsó a buscar a sus verdaderos padres. El registro de nacimientos indicaba que su verdadero nombre era el de Richard Falco, de Brooklyn. Gracias a una vieja guía telefónica consiguió dar con el número de su madre y su hermana mayor. Echó una postal en el buzón de su madre. A los pocos días ella le llamó. Fue un reencuentro emocionante. También vio a su hermana Roslyn, que en aquel momento tenía 37 años, y pronto se convirtió en un huésped bienvenido en la casa que compartía con su marido y sus hijos. David Berkowitz había encontrado una familia y parecía ser completamente feliz.

Durante los primeros seis meses de 1976 las visitas de David fueron cada vez más infrecuentes y breves. A su hermana le preocupaban los dolores de cabeza de los que se quejaba David. En febrero se había mudado a la casa del señor y la señora Cassara en el lejano New Rochelle. Al cabo de dos meses abandonó este hogar de forma totalmente imprevista y se trasladó a Pine Sqeet, en Yonkers.


PRIMEROS PASOS DE UNA MENTE TRASTORNADA

Nochebuena de 1975
Aproximadamente a  las 19:00 horas de ese día, David condujo hasta Co-op City. Subió y bajó en coche el boulevard hasta ver a una mujer joven de aspecto mexicano, aparco su coche y la siguio. La mujer salía que salia de un supermercado no se dio cuenta de que Berkowitz la seguia. En cuanto tuvo ocasion le asesto con un cuchillo en la espalda pero la mujer una vez hundida el arma blanca, se giro mirandolo mientras gemia de dolor intentado agarrarle por la muñecas, no esperando esta reacción Berkowitz dio media vuelta y echó a correr.

Pero no quedo satisfecho y busco otra manera de saciarse. Ya de camino a su casa, vio a una adolescente de quince años, Michelle Forman. Ya tenia otra presa, y sigilosamente la alcanzó y comenzó a acuchillarla en la espalda y en la cabeza. Esta retorcida de dolor cayó al suelo, gritando por el inmenso dolor espanto a David que huyo corriendo como diablo desapareciendo del lugar. Michelle con las pocas fuerzas que le quedaban logro alcanzar la puerta de su casa, donde vivia con sus padres, pero se desvaneció al llegar.
Una de las puñalada que le habia alcanzado el Pulmon no fue suficiente gracias a Dios, para perpetrar el crimen ya que el resto de puñaladas asestadas no eran de gravedad, Michelle fue trasladada al hospital y tras siete dias hospitalizada recibia el alta.

Se desconoce la identidad de la tercera victima, ya que no formalizo denuncia.


El poco éxito que tuvo con el cuchillo movió a Berkowitz a conseguir una pistola. En Houston, Texas, un amigo, Billy Dan Parker, compró por cuenta suya un revólver Bulldog calibre .44, por $130.00 dólares. El arma con la que se cometerían los asesinatos de “El Hijo de Sam”.

Con la idea de mejorar su autoestima y al mismo tiempo vengarse de la sociedad en la que no terminaba de encajar, David se compra un revólver.

CAMINO HACIA LAS SOMBRAS
El destino, la casualidad...quien sabe le hizo conocer a un joven obsesionado con el ocultismo. Dando un paseo un dia conocio a  Michael Carr, el hermano de John. Tras una conversación invitó a David a una reunión en el edificio. Entre los invitados también había miembros de una secta satánica llamada “Los Veintidós Discípulos del Infierno”, quienes creían en los sacrificios humanos. 

Poco a poco fue acercandose mas a ellos, he incluso se trasladó a Yonnkers, a menos de 200 metros de la casa de los Carr. Sam Carr era un anciano que poseía un perro negro llamado “Harvey”. David Berkowitz frecuentaba su casa constantemente, ellos confiaron en el y le ofrecieron unirse al grupo, a lo que David no pudo negarse por fin se sentia integrado, ya no estaba solo. Aunque parecia que su vida era normal, con su trabajo recien obtenido de cartero, no tardo en adornar las paredes de su casa con frases tales como: “En este agujero vive el Rey Malvado”; “Matar para el Amo”; “Convertiré a los niños en asesinos”.
A los veintitrés años comienza una serie de crímenes.

Sus asesinatos sembraron el terror en Nueva York entre 1976 y 1977, tiempo en el que Berkowitz asesinó a seis personas y consiguió herir a otras siete.
El joven Berkowitz asesinaba sin razones, disparaba su revólver indistintamente a cualquier persona que se cruzaba en su camino, sin importarle raza, sexo o edad.
A medida que pasaba el tiempo fue ganando una estremecedora seguridad en sí mismo que lo transformó en un personaje frío y sin escrúpulos, a la vez que negligente a la hora de llevar a cabo sus crímenes.

LOS ASESINATOS E INVESTIGACIONES

Donna Lauria
El 29 de julio de 1976, en el barrio de Bronx, en Nueva York, Donna Lauria de 18 años y su amiga Jody Valenti de 19, que conversaban en el coche de Jody, enfrente de la casa de Donna.
Era la 1:00 aproximadamente cuando Donna se despidió de Jody y abrió la puerta del coche. Al hacerlo reparó en un hombre joven que se encontraba a unos cuantos pasos de distancia. Antes de que la puerta se abriera del todo el tipo metió la mano en una bolsa de papel marrón, sacó una pistola y se puso en cuclillas. “¿Pero qué quiere ese tipo?”, dijo Donna en voz alta, más sorprendida que asustada. Entonces el hombre disparó. Una bala la alcanzó en la parte derecha del cuello. La ventanilla se hizo añicos. Donna levantó la mano para protegerse la cara, pero otra bala le atravesó el codo y se quedó alojada en su antebrazo. La joven cayó sobre la acera.un hombre se acercó al coche sin pronunciar palabra, y disparó cinco veces, matando a las dos jovencitas.
Jody Valente


Otra bala más alcanzó la cadera de Jody; empezó a gritar, su cuerpo cayó hacia adelante y quedó con la cabeza presionando el claxon. Mike Lauria, el padre de Donna, bajaba en esos momentos por las escaleras para sacar de paseo al perro caniche de su hija. Escuchó los disparos. Salió corriendo. Encontró a Jody con la mano en el claxon gritando: “¡Nos han disparado!” Entretanto su mujer, en estado de shock, observaba toda la escena desde la ventana. Mike acompañó a su hija al hospital, pidiéndole que no se muriera. Pero ya estaba muerta. Jody también fue internada con un ataque de histeria. No obstante, fue capaz de darle a la policía una detallada descripción del asesino: un hombre sin barba, blanco, de pelo rizado y largo, de unos treinta años. Estaba segura de no haberlo visto nunca. También estaba segura de que no se trataba de ningún antiguo novio de Donna.

Los vecinos se habían fijado en un coche amarillo aparcado a una cierta distancia detrás del coche de Jody; pero había desaparecido cuando llegó la policía. La zona donde vivían los Lauria, el North Bronx, era un área predominantemente italiana. La primera idea de la policía fue que el ataque estaba en relación con la Mafia. Parecía ser un caso de asesinato a sueldo que había salido mal; un caso de equivocación de víctima. La investigación reveló que el arma del crimen era un revólver Bulldog del calibre .44, una pistola de tambor de cinco disparos diseñada para matar. De cerca puede hacer un notable agujero en una puerta, pero tiene mucho retroceso, y a más de cinco metros resulta un arma muy poco certera.

Carl Denaro
El 23 de octubre de ese mismo año, Carl Denaro de 20 años, estaba en una fiesta con su amiga Rosemary Keenan, a las 2:30, él se ofreció a acompañarla a su casa. Salían de un bar en la zona adinerada de Queens. Subieron a su auto y condujeron hasta algún sitio en donde pudieran estar solos. El coche pertenecía a Rosemary Keenan, de dieciocho años, estudiante del Queen's College. Su acompañante era Carl Denaro, de veinte años, empleado en una tienda de música como vendedor de discos. Estaba a punto de alistarse en las fuerzas aéreas y celebraba sus últimos días de civil cuando conoció a Rosemary.

Se estacionaron frente a la casa de Rosemary y comenzaron a conversar, de repente, un hombre se acercó al coche y disparó cinco veces, pero solamente hirió a Carl en la cabeza, Rosemary condujo el vehiculo buscando ayuda.

Carl tenía cabello largo y negro que le llegaba hasta los hombros y estaba sentado en el asiento del copiloto. La persona que se acercó sigilosamente hasta el Volkswagen rojo pensó que era una chica. Esta vez llevaba el revólver del calibre .44 enfundado en el cinturón. Lo sacó y disparó cinco veces a través de la ventanilla. El retroceso le estropeó la puntería; sólo una de las balas alcanzó la parte trasera del cráneo de Carl cuando éste se echó hacia adelante para evitar los trozos de cristal.

A pesar de la herida, Carl Denaro había tenido suerte. La bala no había penetrado en la cabeza, sólo afectó a la superficie ósea. En el hospital le pusieron una placa de metal y se recobró del disparo al cabo de dos meses. Si bien Carl no murió, quedó severamente dañado para el resto de su vida. No pudo hacer carrera en el ejército.

Donna Lamassi
El 26 de noviembre de 1976, Donna Lamassi de 16 años, y su amiga Joanne Lomino de 18 años, regresaban del cine por la noche.

Se encontraban sentadas charlando en las escaleras de la casa Joanne en la calle 262 cuando vieron a un hombre por la acera de enfrente que al verlas cambio repentinamente su marcha en direccion hacia ellas con actitud de preguntarlas algo.

El hombre se acerco y al llegar donde se encontraban dijo: “¿Pueden decirme cómo se llega a...?”  Pero sin terminar la frase sacó un arma que llevaba en la cintura empezo a dispararles mientras ellas intentaron huir buscando con desesperación las llaves de su casa, Joanne recibia bala la alcanzó en la parte inferior de la columna vertebral, mientras otra de las balas quedo alojada en la nuca de Donna.
Joanne Lomino

Estas que cayeron en los primeros disparos se salvaron de recibir otros tres con los que el asesino intento culminar su crimen, pero fallo...

Las heridas que recibio Donna no serian mortales, pero necesito de tres semanas para recuperarse en el hospital Long Island Jewish, pero Joanne tendra que vivir el resto de su vida en una silla de ruedas, la bala atravesaria su columna...dejandola parapléjica.

Un vecino vio cómo el hombre corría por la calle 262 abajo con la pistola en la mano izquierda.  


Durante los posteriores dos meses, reinó la tranquilidad.

John Diel
30 de enero de 1977, cuando Christine Freuna y su prometido John Diel, habian disfrutado de una sesion de cine y tras cenar regresaban de una galería en Queens a las 0:30. Dando un paseo se dirigian a su coche. ohn Diel tenía treinta años y Christine Freund, veintiséis. Habían sido novios durante algunos años y estaban a punto de anunciar oficialmente su compromiso.




Se subieron a su Pontiac Firebird, tenian ganas de llegar a casa por la fria noche del dia que no subia de los 0 grados. No se dieron cuenta que un hombre los estaba observando y se acercaba a su coche porque las ventanillas estaban empañadas por el frio exterior.
Christine Freuna

 John besó a Christine y arrancó el automóvil. De repente un ruido y la ventanilla del coche rompia al recibir dos disparos. John asustado sin saber que pasaba  miró a Christine: estaba echada hacia adelante y sangrando, aterrorizado salio corriendo buscando ayuda, pero los vecinos ya habían llamado a la policía, pocas horas después Christiene murió en el hospital de Saint John a causa de una herida de bala en la cabeza.

rETRATO ROBOT
La investigacion del detective Joe Coffey descubrió que este asesinato coincidía con los de Donna Lauria, el ataque de Donna Lamassi y Joanne Lomino,  los expertos en balística establecieron que la bala que había segado la vida de Christine Freund había sido disparada con un revólver calibre .44 Bulldog. Un arma relacionada con los cuatro tiroteos, incluyendo el de Carl Denaro. Ahora se daban cuenta que tenían frente a ellos a un psicópata con un revólver calibre 44, el cual es un arma poco usual. Pero las descripciones diferían tanto entre sí que aún nadie pensaba en un mismo asesino.


Otro problema que se le presentó a los investigadores era que no se podía encontrar relación entre las víctimas.                   

FOTOS ARCHIVO BUSQUEDA Y CAPTURA


El 8 de marzo de 1977, una joven llamada Virginia Voskerichian, regresaba de clases en la noche, cuando un hombre se le acercó y sacó un revólver calibre 44 y le apuntó a la cara.

Virginia se cubrió como buenamente pudo con sus libros, la bala los atravesó.

Una sola bala bastó para matarla, ya que alcanzo su cerebro. Murio en el acto y su cuerpo permanecia inerte en el suelo de la zona de Forest Hills.

Un hombre presenció todo, pero cuando el asesino pasó frente a él sólo le dijo “Buenas noches”.
Declaró que tendría aproximadamente 1.80 de estatura, que era joven (unos dieciocho años) y que se cubría la cara con un pasamontañas.


La policía puso en marcha inmediatamente “código 44”. Agentes fueron destinados a la zona sur del Bronx con la orden de detener a todo vehículo con un hombre blanco solo en su interior. David Berkowitz se acercó al control, era el tercero de la fila. Su revólver del calibre .44 estaba en el asiento a su derecha, totalmente a la vista. Pero antes de que llegara su Ford Galaxie a la altura de los agentes, decidieron interrumpir la búsqueda. Posteriormente, el asesino describiría su sorpresa cuando vio que los policías se marchaban sin más.

 LA RUEDA DE PRENSA DEL COMISARIO DE COMUNICACIONES

La Policia verifica que el arma a sido utilizada para 7 asesinatos por las estrias que mostraban los proyectiles. 

La sala de prensa del edificio rojo de trece pisos de One Police Plaza en Nueva York, en la tarde del 10 de marzo de 1977 estaba repleta de Periodistas.

Comenzada la rueda de prensa, Mike Codd sin alterarse en ningun momento leia el comunicado de prensa, explicaba que los expertos en balística habían establecido una conexión entre los asesinatos de Donna Lauria, muerta a tiros el 29 de julio de 1976, y Virginia Voskerichian, asesinada dos días antes de la conferencia de prensa.

Siguió diciendo que la misma arma, un revólver Charter Arms Bulldog del calibre .44, había sido usada en otros tres casos, en los distritos del Bronx y de Queens en Nueva York.

 
Entre el alboroto un periodista logro la respuesta a su pregunta, se buscaba a un hombre de raza blanca, de veinticinco a treinta años de edad, de 1.82 de estatura, complexión normal y cabello oscuro. 

Al día siguiente, los titulares de los periódicos dejaron bien asentado para toda la población que existía un enemigo público: “El Asesino del Calibre .44”.




Como era de sospechar, la masacre continuó:

17 de abril de 1977 el asesino vuelve a atacar; Valentina Surani y su novio Alexander Esau. Valentina se encontraba sentada en las rodillas de su novio Alexander que tenia las piernas apoyadas en el asiento del copiloto.

Se estaban besando cuando alrededor de las 3:00 y un hombre se les acercó y les disparó 2 veces a cada uno.
Valentina recibia los balazos en la cabeza muriendo en el acto, Alexander que tambien los recibio en la cabeza moriria dos horas mas tarde.

Los dos murieron y las evidencias decían que se trataba del mismo asesino, pero esta vez, el asesino había dejado una carta en la que se autonombraba “El Hijo de Sam”.

La carta estaba dirigida a el capitán Joe Borelli, el adjunto de Timothy Dowd.

La carta estaba firmada con el seudonimo de 'Mister Monter'


La carta estaba dirigida al capitán Joseph Borrelli, quien era uno de los principales integrantes de la operación Omega, que estaba tras el asesino del revólver calibre 44.

 No contento con ello, envía una carta al periódico New York Daily News que se encargaba de su caso, y en ella les agradece su atención y les promete que tendrán más de qué hablar.
 
Desafortunadamente, cuando la carta llegó al departamento de huellas dactilares había sido tocada por varios policías. Pero incluso después de eliminar las huellas conocidas no mejoraron las expectativas. El autor había sujetado el papel con la mismísima punta de los dedos y no se podía obtener una marca que permitiese identificarlo. Por el momento, la denominada “Carta Borelli” se mantuvo en secreto.

El único que consiguió verla fue un periodista llamado Jimmy Breslin. Publicó fragmentos en su columna del Daily News (por ejemplo, la costumbre que tenía el asesino de escribir “mujeres” de forma que rimase con “demonios”). Esto quizá explique por qué el asesino envió el 30 de mayo una carta dirigida a Breslin desde un buzón de Englewood, Nueva Jersey. Para mejorar la tirada, el Daily News sólo publicó algunas partes curiosas; finalmente, cuando parecía que el interés empezaba a decrecer, salió la carta completa. Era un texto contradictorio, tan críptico y aparentemente incoherente como la “Carta Borelli”.

Una de las hojas de la “Carta Breslin” no fue publicada a petición de la policía. La razón era que se hacía referencia al National Crime Information Center (Centro Nacional de Información Criminal), una institución que la policía prefería mantener en secreto. Justo en esta parte de la carta el autor había enumerado una extraña lista de nombres sugiriendo que quizá fueran una ayuda para la investigación policial: “El Rey Malvado”, “Los Veintidós Discípulos del Infierno” y John “Wheaties”, a quien se refería como un violador y asesino por asfixia de chicas jóvenes. Daba la impresión de que los nombres eran una invención del autor de la carta, pero lo raro era que hubiese escrito el nombre de John “Wheaties” entre comillas, como si fuera el apodo de alguna persona real. Sin embargo, la policía no consiguió sacar nada en claro. La carta no facilitó la persecución del asesino; si los desvaríos de la carta constituían una especie de código, nadie poseía la clave para descifrarlo. La carta tuvo otro efecto: la prensa adoptó el sobrenombre con que “El Asesino del Calibre .44” firmó su nueva carta: “El Hijo de Sam”. El nuevo nombre hizo eco en la conciencia colectiva y de inmediato se popularizó.

El 10 de junio de 1977, Sam Carr recibió una llamada de un hombre desde New Rochelle, en Long Island Sound. El nombre de aquella persona era Jack Cassara. Quería saber por qué Sam Carr le había enviado una nota con un afectuoso saludo en la que le decía compartir su pena por el accidente que había sufrido: una caída desde el tejado. Jack Cassara no se había caído de su tejado, ni siquiera estuvo jamás en él. Carr contestó que estaba igualmente perplejo e invitó al matrimonio a su casa para discutir el asunto. Los Cassara le fueron a visitar en el 316 de Warburton Avenue (un trayecto en coche de unos veinte minutos) y se presentaron ante él.

Sam vio la nota y les confió que también él había recibido algunas cartas extrañas. En ellas se quejaban de su perro, “Harvey”, un labrador negro. El 27 de abril de ese mismo año alguien penetró en el patio trasero de su casa e hirió al perro de un tiro. El perro se había repuesto, pero la policía no pudo averiguar de quién procedían las notas anónimas. En octubre del año anterior alguien había lanzado un cóctel-molotov, a través de la ventana, pero consiguió extinguir el fuego antes de que produjera daños más graves. Y otra cosa: uno de sus vecinos había recibido llamadas telefónicas amenazantes, y también cartas, la víspera de Navidad, el año anterior. Alguien había disparado varias veces a través de la ventana y matado a su pastor alemán. Para rematar el misterio, la nota de felicitación de los Cassara tenía por el anverso la foto de un pastor alemán.

Preocupados y extrañados, los Cassara volvieron a su casa. Cuando le dijeron a su hijo lo que había ocurrido, éste les hizo una sugerencia. El año anterior un hombre llamado David Berkowitz había alquilado en su casa una habitación encima del garaje. Se había quejado del pastor alemán y abruptamente desapareció al cabo de unas semanas, sin siquiera tomarse la molestia de reclamar su depósito de doscientos dólares. El señor Cassara buscó en la guía telefónica local, y encontró a un tal David Berkowitz en el 35 de Pine Street, en Yonkers. Llamó a Sam Carr: “¿Oiga, queda Pine Street cerca de donde usted vive?” “Es justo a la vuelta de la esquina”, respondió Carr. Ahora estaban seguros de que Berkowitz era el incendiario y el asesino de perros. Sam avisó a la policía de la zona. Pero cuando le preguntaron si tenía alguna prueba concreta tuvo de admitir que no la tenía. El agente que le atendió le explicó que sin pruebas no podía hacer nada, no podía basarse simplemente en sospechas.

25 de junio
Tres semanas después de la publicación de la “Carta Breslin”, el 25 de junio, una estudiante de diecisiete años del Bronx, Judy Plácido, que estudiaba en la misma escuela que Valentina Suriani y había asistido a su funeral, celebraba su graduación en una discoteca llamada Elephas, en Queens. Allí se encontró con un chico de buena presencia, Salvatore “Sal” Lupo, empleado en una gasolinera. Cuando la joven decidió que era hora de irse a casa, el muchacho se prestó a acompañarla, la rodeo con su brazo por encima de los hombros y emprendieron el camino. Mientras paseaban, la pesadilla de “El Hijo de Sam” se convirtió en realidad. La ventanilla del vehículo explotó bajo el impacto de una bala. Atravesó la muñeca de Salvatore y se alojó en el cuello de Judy. El siguiente proyectil estaba destinado a su cabeza pero no llegó a penetrar en el cráneo. Otro disparo la alcanzó en el hombro derecho. El acompañante, aturdido y desconcertado, salió del coche y echó a correr hacia la discoteca para pedir ayuda. Pero el tiroteo había cesado y el atacante había huido. Como tantas otras de las víctimas, Judy no era consciente de haber sido alcanzada, y se sorprendió al ver su cara ensangrentada en el espejo retrovisor. Se bajó del coche y corrió hacia las luces de la discoteca. Pero cayó al suelo antes de haber recorrido los pocos metros que la separaban del local.

Salvatore con sus amigos antes del incidente

En el hospital, Salvatore fue tratado de las heridas producidas por la bala en su muñeca y por un trozo de cristal clavado en su pierna. Judy, increíblemente, no había sufrido heridas de gravedad. Ninguno de los dos había podido ver claramente al pistolero. Pero tres manzanas más lejos un testigo había visto huir a un “hombre blanco y regordete”. “El Hijo de Sam” quizás fuera una maldición para las discotecas y bares de Nueva York, pero fue toda una bendición para los propietarios de periódicos. Todas las ediciones del día después del último tiroteo se agotaron completamente. Los diarios incluso se anticipaban a otro crimen. En la “Carta Breslin” había una línea que decía: “¿Qué te parece a ti, Jim, qué es lo que pasará el 29 de julio?” Era la fecha del primer asesinato de “El Hijo de Sam”, el de Donna Lauria. ¿Pretendía celebrarlo con otro asesinato? El alcalde Abraham Beame, justo antes de presentarse a las elecciones, declaró que incrementaría el personal del Equipo Omega. La víspera del aniversario del asesinato de Donna parecía que por las calles sólo circulaban coches patrulla. Pero la noche del 29 de julio, viernes, transcurrió sin que se registrara el mínimo incidente.

Un año después de su arresto, David Berkowitz describió detalladamente los elaborados planes que trazaba para sus asesinatos. Aunque recorrió muchos barrios de Nueva York en busca de nuevas víctimas, la zona de Queens se convirtió para él en una especie de obsesión. Era un área residencial de clase media y Berkowitz estaba familiarizado con las calles y todas las posibles escapatorias. También estudió las tácticas policiales, y, al cabo de un tiempo, era capaz de reconocer los coches y camionetas utilizadas por agentes vestidos de paisano. “Me enfadaba cuando fallaba, porque me costaba mucho preparar una acción; para mí suponía un riesgo muy grande...”, declaró.

31 de julio de 1977, una joven llamada Stacy Moskowitz y su novio Bobby Violante, regresaban de ver una película, y se detuvieron en el coche cerca de un parque en Shore Parkway, justo enfrente de una pista de deportes al aire libre. La zona era una especie de rincón íntimo para parejas.


Bobby convenció a Stacy de que se bajaran a caminar, pero ella no parecía muy convencida, así que regresaron al coche. En el coche se besaron. Sin embargo, Stacy dijo: “Vámonos”. “Espera un minuto más...”, contestó Bobby Violante y volvió a besarla.

Bobby Violante
En ese momento un hombre se les acercó y les disparó, Bobby recibió dos disparos en la cara, uno de ellos le daño la audicion y el otro le perforo los globos oculares dejandolo ciego. Stacy recibio uno en la cabeza.


Horas después, Stacy murió, Bobby perdió el ojo izquierdo y sólo lograron salvarle el 20% de visiblidad en el derecho.

Ese fue el último ataque de “El hijo de Sam” ya que un testigo logró identificarlo cuando huía del escenario del crimen.

Tommy Zaino había sido testigo de toda la escena a través del espejo retrovisor de su automóvil. Había visto al hombre, un sujeto regordete de pelo liso y rubio, y cómo se aproximó al vehículo. Sacó un revólver, se agachó y disparó cuatro veces por la ventanilla bajada.


Zaino supo lo que estaba pasando. Su novia le preguntó, “¿Qué ha sido eso?” Pero él le gritó: “Baja la cabeza, creo que es ‘El Hijo de Sam’. Momentos después, el pistolero escapaba corriendo del parque. Eran exactamente las 02:35 de la madrugada.

Esta vez, la policía tenía un testigo y una descripción clara del asesino. Tommy lo había visto muy bien gracias a la luna llena y a la lámpara que iluminaba la calle. Pero el detective John Falotico enseguida se dio cuenta de los problemas que presentaba su declaración. Jody Valente, la superviviente del primer ataque, había dicho que el hombre tenía pelo negro y rizado. Donna DeMasi y Joanne Lomino, las dos escolares tiroteadas en el césped, declararon que tenía pelo largo y rubio.

Por lo tanto, o los pistoleros eran dos, o se trataba de uno que llevaba una peluca rubia. De hecho, cuando se produjeron los disparos sobre Stacy y Bobby, había muchos testigos en el parque. Varias personas habían visto un Volkswagen amarillo aparcado a la entrada del campo de deportes. A una muchacha montada en una bicicleta la siguió un coche pequeño y amarillo y hasta llegar a casa la muchacha pedaleó frenéticamente.

Mas testigos;
Una chica y su novio, que estaban sentados a la entrada del parque, habían oído los disparos y visto a un hombre corriendo. Llevaba una cazadora vaquera y lo que les pareció una peluca barata de nylon. Se metió en un coche de color claro y desapareció. Ella le comentó a su novio: “Parece como si acabara de atracar un banco”.

Una niñera oyó los disparos y se asomó a la ventana con el tiempo justo para ver cómo se alejaba un automóvil amarillo. Quién lo conducía lo hacía tan rápido y descuidadamente que casi chocó con otro vehículo en el primer cruce; el conductor gritó un insulto por la ventanilla. El otro conductor se sintió tan ofendido que persiguió al Volkswagen a lo largo de varias manzanas antes de perderlo. Dijo que la persona que estaba al volante tenía pelo castaño liso. Estando así las cosas, la testigo más importante decidió salir de su anonimato. Se trataba de Cacilia Davis, una viuda de 49 años de edad; el motivo para permanecer callada fue, sencillamente, el temor a que “El Hijo de Sam” se vengara de ella.

Siguen las coincidencias delatadoras;

La noche del tiroteo sobre Moskowitz, la señora Davis volvía de una cena con un amigo. Poco después de las 02:00 de la madrugada se encontraban charlando en su coche en la puerta del apartamento, a dos edificios de distancia del parque, donde permanecieron hablando durante algunos minutos.

Como habían tenido que aparcar en triple fila, ella estaba atenta por si venían otros vehículos, mirando a uno y otro lado de la calle. Se fijó en un coche de policía que estaba a cierta distancia, delante suyo; y detrás, en un coche de color amarillo pálido aparcado al lado de una boca de agua para bomberos, lo cual constituye un delito en la mayoría de las ciudades estadounidenses.

Mientras Cacilia miraba, un joven se dirigió al coche amarillo, un Ford Galaxie, y cogió con visible irritación una multa de tráfico del parabrisas. La multa la habían colocado allí dos agentes de tráfico unos minutos antes; los mismos que patrullaban la zona en el coche policial.

La señora Davis invitó a su amigo a tomar un café en su casa. Él rehusó diciendo que ya eran las 02:20 de la madrugada. En ese momento el coche de policía arrancó y se fue. El Ford Galaxie llegó a la altura del coche en el que estaban ambos amigos y empezó a tocar la bocina para hacer notar que no quedaba sitio para pasar. Cacilia Davis se despidió y salió rápidamente del coche. Al hacerlo observó que el sujeto del otro vehículo era un hombre joven de pelo negro. Ella esperó a que su amigo se fuera. El hombre joven le siguió y a la primera oportunidad lo adelantó. Después se lanzó a toda velocidad detrás del coche de la policía. Algunos minutos más tarde, la mujer salió de su apartamento para pasear al perro antes de acostarse. En el parque se fijó en tres coches aparcados: el de Bobby Violante, el de Tommy Zaino y una furgoneta Volkswagen.


Coche de Berkowitz
Al volver vio a un hombre de pelo oscuro vestido con una cazadora vaquera caminando por la calle, aún lejos de los coches. La miró fijamente, con odio, y la puso nerviosa. Aceleró el paso para volver a su departamento. El hombre caminaba con el brazo derecho pegado al costado y completamente recto, como si llevase algo en la mano. También notó que era muy parecido al que había visto antes en el Ford Galaxie. Hasta el martes 2 de agosto, dos días después del tiroteo, no le dijo nada a nadie. En esa fecha comentó el hecho con dos amigos íntimos. Había decidido no ir a la policía por si “El Hijo de Sam” intentaba suprimir a un testigo clave. Desde luego, tenía razones para estar nerviosa. Cuando les contó lo referente a la multa por aparcamiento, los agentes se dieron cuenta de que podría tratarse de una pista esencial para desvelar la identidad del asesino y comprendieron que ella podía estar corriendo un peligro real. Si el hombre que la miró fijamente era el asesino, sabía que lo había visto una señora con un perrito blanco y pequeño. Finalmente, la convencieron y sus amigos llamaron a la policía.

El detective Joseph Strano visitó a la señora Davis y le tomó declaración. Estaba más interesado por el hombre joven que la miró fijamente, y menos en el Ford Galaxie amarillo y su conductor. Al fin y al cabo parecía bastante inverosímil que “El Hijo de Sam” hubiese hecho sonar el claxon con impaciencia en un vecindario densamente poblado, un delito menor, y que después se hubiese lanzado detrás de un coche patrulla. Además, el tiroteo se había producido después de que ella abandonara el parque, a las 02:33 a.m. El Galaxie había desaparecido de la zona unos quince minutos antes de que Cacilia Davis saliera del parque. Y Tommy Zaino había descrito al criminal como un hombre de pelo liso y rubio, mientras que el conductor del Ford lo tenía corto y oscuro. Esas fueron las razones por las que el informe de Strano no levantó gran expectación entre los integrantes del Equipo Omega. La señora Davis cada vez estaba más nerviosa. Había hablado con la policía porque temía que el criminal volviese en busca de una mujer con un perro pequeño y blanco. Y ellos, aparentemente, no le hacían el menor caso.
Strano se entrevistó una segunda vez con ella. Entonces lo amenazó con ponerse en contacto con los medios de comunicación de forma anónima. El detective le respondió que, de acuerdo con lo que decía la policía de la zona, esa noche nadie había puesto multas. Como ella insistía, el agente trajo consigo a un dibujante para hacer un retrato del hombre del parque. Incluso la acompañó por las tiendas para buscar una cazadora similar a la que llevaba. Era importante averiguar si la noche del crimen se habían puesto o no multas. Si efectivamente se habían puesto, probaría que la señora Davis estuvo en la zona a la hora en cuestión; y que su descripción del hombre de mirada terrorífica había que tomarla en serio. Se siguió buscando la misteriosa sanción. Pero era necesario darse mucha prisa, al fin y al cabo, el asesino era un hombre rubio que conducía un coche amarillo que se encontraba aparcado dos manzanas más allá del Ford Galaxie. El nueve de agosto, diez días después del tiroteo, fueron localizadas las multas de aquella noche.


Tres de los cuatro coches sancionados fueron eliminados rápidamente por no ser del tipo Ford Galaxie. El cuarto, número de matrícula 561-XLB, estaba registrado a nombre de David Berkowitz, que vivía en Pine Street 35, en Yonkers. Se envió al detective James Justus para comprobar quién era Berkowitz. Llamó a la comisaria de Yonkers y para ello hubo de hablar con una operadora llamada Wheat Carr.

Al decirle que estaba trabajando en el caso de “El Hijo de Sam” y que debía verificar la existencia de un tal David Berkowitz, le sorprendió el grito de la chica: “¡Oh, no! ¡Oh, no!” “¿Por qué dice eso?”, preguntó el policía, “¿Por casualidad le conoce?” La respuesta lo sorprendió aún más: la telefonista le dijo que ese hombre era precisamente el que ella creía que podía ser el asesino. La familia de Wheat Carr tenía buenas razones para conocer a David Berkowitz. Les había enviado cartas anónimas, había intentado incendiar su casa y disparado sobre su perro “Harvey”, hiriéndolo, y los había acusado de ser practicantes de cultos satánicos.


Otro de los vecinos de David Berkowitz también se había quejado de recibir cartas anónimas. Era un agente de policía del condado, Craig Glassman, quien vivía justo debajo del apartamento de Berkowitz. El seis de agosto de 1977, una semana después de los sucesos Moskowitz, alguien incendió un montón de basura frente a la puerta de Glassman.

Apagó el fuego antes de que causase mayores daños y notificó el incidente a la policía. También les enseñó dos cartas anónimas que le habían enviado recientemente. El autor parecía pensar que su vecino era un espía que estaba contratado por Sam Carr. Por eso vivía en su bloque de apartamentos. Acusaba a Glassman y a los Carr de formar parte de un grupo mágico destinado a capturarle. El policía que estudió la carta reconoció inmediatamente la escritura: era la del hombre que había estado investigando, David Berkowitz.

Pero, a pesar de todo esto, nadie fue al domicilio de Berkowitz para arrestarle. Estaban buscando un hombre con cabello liso y rubio que conducía un coche amarillo. Y la policía de Yonkers informó que Berkowitz no encajaba con la descripción. Hasta el mediodía del miércoles 10 de agosto de 1977 los detectives Ed Ligo y John Longo no fueron enviados a Yonkers para comprobar el asunto. Ligo reconoció el Ford Galaxie de Berkowitz aparcado afuera del edificio. Echó un vistazo por la ventanilla trasera. En el asiento de atrás había una bolsa: por la abertura asomaba el cañón de un rifle. En principio no era nada ilegal, pero a pesar de todo el policía abrió la puerta y observó más de cerca el Comando Mark III, un arma tremenda que normalmente no solía encontrarse en posesión de un ciudadano medio. Seguidamente miró en la guantera. Allí había un sobre dirigido al inspector Timothy Dowd, el jefe del Equipo Omega. Contenía una carta con una amenaza: un tiroteo en la zona de Long Island. Corrió hasta el teléfono más cercano. “Creo que le tenemos”, le dijo al sargento James Shea, del Equipo Omega.

MAPAS DE LOS CRIMENES

LA DETENCIÓN
El 10 de agosto de 1977 la policía ya contaba con las pruebas suficientes para detener a David Berkowitz.

A las 19:30 un hombre salió del edificio donde vivía Berkowitz, con una bolsa de papel en la mano.

Se aproximó a un auto, se subio y fue el momento de la detención.

Tocando la ventanilla de su coche, “¡No respires!”, le gritó el inspector William Gardel. “¡Policía!” David Berkowitz, aparentemente tranquilo, le sonrió.

Le ordenaron detenerse, le ordenaron que ni tan siquiera respirara y seguidamente el detective John Falotico abriendo la puerta opuesta encañonandole le ordeno que se bajara del coche, este bajo sonriente del vehiculo mientras apoya las manos sobre el techo del coche.

El Oficial le preguntó: “¿Ahora que te tengo; dime, a quién  tengo?”, “Tú sabes”, dijo el hombre que seguia sonriendo le contesto, “Soy el hijo de Sam, David Berkowitz”.

 En el One Police Plaza, Berkowitz confesó alegremente ser culpable de todos y cada uno de los crímenes. También admitió ser el autor de las cartas. En su segunda declaración, explicó que su vecino, Sam Carr, le había ordenado cometer los asesinatos.

Las órdenes se las transmitía el perro endemoniado de Sam, “Harvey”, quien además le hablaba, dándole órdenes de salir a asesinar mujeres. Berkowitz atribuyó al animal poderes sobrenaturales.

Dijo que sus ladridos lo obsesionaban, pues el animal no cesaba de ladrar durante toda la noche y no lo dejaba dormir. Por ello, afirmó, le había disparado y lo había matado, pero el perro era inmortal o había resucitado, llegando incluso a aparecérsele dentro de su departamento para ordenarle que matara a más chicas. Berkowitz afirmó que cuando salía de caza por las calles lo acompañaban voces demoníacas que le decían lo que tenía que hacer.



El detenido estuvo tan bien dispuesto y amable que el interrogatorio sólo duró media hora. Al cabo de doce meses y por una casualidad, el Equipo Omega había capturado a su hombre. El juicio duró poco tiempo.



El sargento Joseph Coffey, quien dirigió el interrogatorio inicial, resumió sus impresiones con estas palabras: “Siento pena por él; el tipo es un retorcido vegetal”. Parecía que el caso de “El Hijo de Sam” estaba cerrado.

La policía había atrapado al asesino que tantos quebraderos de cabeza les proporcionó y que exigió tanto empeño en la tarea. Berkowitz había confesado actuar en solitario. Pero si esto era así, las pruebas contra él se contradecían en muchos puntos. El testigo del último ataque, Tommy Zaino, describió al asesino como un hombre con cabello lacio y rubio. Berkowitz lo tenía corto y oscuro.

 
La señora Cacilia Davis, quien le identificó como el hombre que había visto cerca de su bloque de apartamentos, se cruzo con él minutos antes de que se oyeran los disparos en el parque. En ese momento el asesino se alejaba del escenario del crimen.



Y aún quedaba el hombre de pelo rubio que se metió en el Volkswagen amarillo y casi choca con otro vehículo en el cruce. Aunque Berkowitz hubiese llevado una peluca en alguno de los ataques, era mucho más alto que la descripción hecha por testigos del hombre rubio.
 



Estas anomalías le llamaron la atención a un joven periodista de investigación, Maury Terry. 


EL JUICIO Y SENTENCIA


David Berkowitz confesó todos sus crímenes, pero trató de alegar que padecía “locura” afirmando que escuchaba la voz de un demonio de 6,000 años reencarnado en “Sam”, el perro de su vecino, le daba órdenes de matar.
Los psiquiatras lo diagnostican como esquizofrénico paranoide de personalidad antisocial. Berkowitz fue juzgado culpable y condenado a cadena perpetua, con una pena de 365 años en una cárcel de máxima seguridad.

LAS INVESTIGACIONES DE MAURY TERRY


Este había nacido en Yonkers; por lo tanto, estudió los asesinatos de “El Hijo de Sam” con ávido interés. Por lo que él podía deducir, era imposible que Berkowitz hubiera podido disparar sobre Stacy Moskowitz y Bobby Violante a menos que Zaino y la señora Davis estuviesen equivocados.

Terry entrevistó a ambos, y ambos confirmaron sus declaraciones. La señora Davis también le contó algo que no había declarado antes. Era la extraña historia de cómo ella y su acompañante masculino habían visto a Berkowitz abandonar la zona, tocando la bocina, un cuarto de hora antes de verlo cerca de su departamento. Parecía inverosímil que un hombre llevando un revólver Bulldog .44 reclamado por la policía se pusiese a llamar la atención sobre sí mismo tan temerariamente.

Terry se entrevistó con el testigo que había visto el coche amarillo y a su conductor rubio. Pero todos confirmaron sus primeras declaraciones.

Era como si en realidad hubieran existido dos hombres; como si Berkowitz hubiera tenido un cómplice culpable del tiroteo sobre Stacy Moskowitz y Bobby Violante. Claro, también podían estar equivocados los testigos; la mayoría de la gente a quien confió sus dudas pensó que era ese el caso.

Sin embargo, cuanto más indagaba, más se convencía de que Berkowitz no podía haberlo hecho solo.


No cabía ninguna duda de que era el hombre que había matado a la primera víctima.

Donna Lauria, la descripción de Jody Valente lo dejaba bien claro. Pero no tenía nada que ver con el hippie de pelo rubio o el sujeto de la cazadora de cuero que había sido visto disparando sobre las dos escolares en el césped. La confesión del detenido estaba plagada de puntos oscuros y aún quedaba otro extraño problema: de acuerdo con lo dicho por el asesino, nunca había visto a Sam Carr, el hombre cuyo “perro endemoniado” le ordenó que cometiese los asesinatos.

Sam dormido en su celda
Sam Carr decidió mentir y confirmó esto. Según él, aunque la casa de Berkowitz era visible desde su piso, nunca había tenido noticias suyas hasta recibir la carta de los Cassara y leer lo relativo a su excéntrico ex huésped. No obstante, Berkowitz estaba tan obsesionado con Sam Carr que incluso eligió, aparentemente, denominarse a sí mismo “El Hijo de Sam” en su honor.


De hecho, Sam Carr tenía dos hijos, John y Michael; ambos odiaban a su padre. Cuando el periodista averiguó que el sobrenombre de John Carr era “Wheaties”, recordó dónde lo había visto antes: en la carta de “El Hijo de Sam” al periodista Jimmy Breslin. Evidentemente, John Carr era un testigo que podría esclarecer algo más en el enmarañado asunto. El deseo de entrevistarlo se hizo tanto más urgente desde el momento en que Terry averiguó que el aspecto de John era el de un hippie de cabello liso y rubio.




Fue en este momento en el que Terry supo algo que le hizo estremecerse. Berkowitz parecía sufrir una obsesión con los perros, sobre todo los pastores alemanes. En Walden, Nueva York, a sólo una hora en coche desde Yonkers, se habían encontrado a ochenta y cinco pastores alemanes y dobermans despellejados. Todos durante el año de los crímenes de “El Hijo de Sam”.


Aún habían encontrado más en la zona de Yonkers, en Untermeyer Park. El adolescente que le contó a Terry la historia sobre el parque, añadió que era el lugar en el que una secta adoradora del demonio celebraba sus rituales. El sitio era idóneo: bosques tupidos y aislados. Terry ya había estado siguiendo algunas pistas satánicas extraídas de las cartas de “El Hijo de Sam”; lo último parecía confirmar que Berkowitz había tomado parte en los rituales sangrientos de algún tipo de culto satánico.



La policía, al igual que todas las demás personas con quienes habló, desechó la idea. El periodista se obsesionó más que nunca intentando encontrar al huidizo John “Wheaties” Carr. Finalmente, en octubre del año 1978, conoció su paradero.

Pero era demasiado tarde: John Carr estaba muerto. Lo habían encontrado con un disparo en un pequeño pueblo de Dakota del Norte llamado Minot. El veredicto final fue suicidio; se había disparado un tiro en la boca con un rifle en el dormitorio de una amiga suya. Sin embargo, la policía de Minot parecía más inclinada a considerar que se trataba de un asesinato.

Al lado de su cuerpo se habían escrito torpemente con su propia sangre unas cuantas letras que sugerían lo siguiente: "SSNYC". Pero un hombre que se dispara en la cabeza con un rifle muere inmediatamente. Parecía que los asesinos lo habían golpeado violentamente, que éste había caído al suelo y escrito las letras, que los criminales habían vuelto después de salir a buscar una escopeta y que le dispararon en la boca. Las letras sugerían inequívocamente un mensaje, unas iniciales: “Son of Sam. New York City” (“Hijo de Sam. Ciudad de Nueva York”).

Cuando Terry supo que en la mano de Carr se habían escrito el número 666 con sangre, ya no tuvo ninguna duda: se trataba de alguna clase de culto satánico. Las pesquisas de la policía de Minot también sacaron a la luz que John Carr mantenía contacto con un grupo ocultista y que conocía a David Berkowitz. Su amiga y novia declaró que al ver las imágenes del arresto de “El Hijo de Sam” por la televisión, Carr exclamó: “¡Oh, mierda!” 


Las investigaciones de Terry, al principio despreciadas como locuras de un periodista en busca de celebridad rápida, fueron tomadas ahora más en serio. El fiscal de Queens, impresionado por los resultados, reabrió el caso. El reportero localizó a gente que había conocido a Berkowitz y en seguida se dio cuenta de que el “monstruo loco” no era en absoluto un solitario. Tenía un grupo de conocidos sorprendentemente grande.
Apartamento de Berkowitz

En 1975, un año antes de que empezaran los asesinatos, Berkowitz había ocupado un apartamento en Barnes Avenue, en el Bronx. Una noche, mientras daba un paseo, empezó a charlar con un joven drogadicto que estaba obsesionado con las ciencias ocultas. Era Michael Carr, el hermano de John. Invitó a David a una reunión en el edificio. Entre los invitados también había miembros de una secta satánica (“Los Veintidós Discípulos del Infierno”) a la que se refería en su carta a Breslin. Esta era la razón por la que Berkowitz se había trasladado a Yonkers, a menos de 180 metros de la casa de los Carr. Michael Carr se convirtió en el núcleo de la investigación. El problema era encontrarle.



Una vez más, Terry llegó demasiado tarde. A primera hora del 4 de octubre de 1979 el coche de Michael Carr se estrelló contra un poste de iluminación a 120 kilómetros por hora. Conducía hacia Manhattan. No había marcas de frenada; esto convenció a su hermana de que se trataba de un asesinato. Daba la impresión de que le habían obligado a salirse de la carretera, o de que habían disparado a una de sus ruedas. En este momento el más inesperado de los testigos se decidió a contar lo que sabía.

Poco después de la muerte de Michael, y de que Santucci reabriera el caso,

David Berkowitz escribió una carta a un predicador de California:

“En realidad no sé cómo empezar esta carta, pero hubo un tiempo en que fui miembro de una secta secreta. Prometí mantener el secreto o enfrentarme a la muerte, y por ello no puedo dar su nombre. Esta secta se componía de una mezcla de prácticas satánicas que incluían las enseñanzas de Aleister Crowley y Eliphaz Levi. Sus pretensiones eran (y lo son aún hoy) sanguinarias. Esa gente no se detendrá ante nada, incluido el asesinato”.




Michael Carr
Como casi todas las cartas que el acusado escribió desde la prisión, ésta parece la de un hombre perfectamente cuerdo. De hecho, en febrero de 1979, Berkowitz convocó una conferencia de prensa para decir que sus historias sobre “Harvey”, el perro negro demoníaco de Sam Carr y las voces diabólicas eran puro cuento, una invención que se le había ocurrido durante el segundo interrogatorio para librarse de la cárcel y que asumieran que estaba loco. Aunque esta confesión, en sí misma, no significaba que Berkowitz estuviera cuerdo. Más convincentes eran las cartas que dirigió a Maury Terry, con declaraciones que podían ser verificadas. Explicaba que el estado de su habitación en el momento de su arresto, las cartas demenciales, los letreros en las paredes, el agujero en el muro, todo había sido cuidadosamente planeado con antelación para reforzar su coartada de demencia en caso de que lo atraparan.

Nathan Berkowitz
 Una semana antes de ser arrestado, había sacado de su apartamento la cama, el sofá, el despacho y un estéreo japonés muy caro, así como una vajilla y casi toda su ropa. Los muebles fueron cargados en una camioneta alquilada (describió el lugar en que se hallaba el garaje donde se alquiló), y después se dejaron ante el almacén del Ejército de Salvación, en Mounth Veron. David Berkowitz llegó a especificar el coste de la operación. Conocía el depósito que se necesitaba para alquilar la camioneta y declaró que las pintadas de la pared se escribieron en aquella misma ocasión.

Símbolos satánicos pintados en el departamento de Berkowitz
La mayoría de los datos pudieron ser verificados. El periodista así lo hizo. La empresa de alquiler estaba donde Berkowitz dijo que estaría. Los precios y la descripción del dueño eran correctos. El vecino confirmó que el agujero había sido hecho dos días antes del arresto. En la pared se desprendió la pintura. Las pintadas de las paredes se habían realizado con el mismo rotulador. El almacén del Ejército de Salvación estaba donde dijo Berkowitz, y aunque no llevaban un registro de los muebles depositados desde hacía más de dos años, sí dijeron que era algo muy frecuente. David Berkowitz aún manifestó una cosa más, especialmente interesante. Poco después de que comenzaran los asesinatos intentó obtener un empleo en una perrera. La paga era mala, pero “había otra forma de ser pagado. Alguien necesitaba perros. Creo que comprende lo que intento decir”. De nuevo, la comprobación de Terry confirmó que decía la verdad.

Pero quizá la más significativa y siniestra observación de las cartas de Berkowitz era la siguiente: “Llame a la oficina del sheriff de Santa Clara (California). Por favor, pregunte al sheriff qué le ocurrió a Arliss Perry”. La respuesta, según averiguó Terry, era que el 13 de octubre de 1974, una chica llamada Arliss Perry había sido horriblemente asesinada en la iglesia de la Universidad de Stanford. Le habían pegado, asfixiado y pinchado con un picahielos detrás de la oreja.
Arliss Perry

Las investigaciones del periodista demostraron que Berkowitz sabía muchos detalles de este poco aireado crimen, detalles que jamás se habían publicado en la prensa. Aún más, había recortado la foto de una chica y se la había enviado a una periodista femenina, diciendo que se parecía a Arliss Perry. Esto resultó ser cierto; pero las únicas fotos de la víctima que aparecieron en los periódicos eran de su época de colegio, cuando tenía un aspecto muy diferente. Se pensó que Berkowitz vio una fotografía de Arliss después de muerta, y que por lo tanto sabía quien la había matado. Terry mantenía que se trataba de un grupo satánico de la costa oeste con el que se había relacionado también a Charles Manson.

cadáver de Arliss Perry
Las nuevas pruebas aportadas por él se ajustaban a un patrón. Indicaban que David Berkowitz sólo había cometido tres de los asesinatos de “El Hijo de Sam”: los de Donna Lauria, Alexander Esau y Valentina Suriani. Terry se dio cuenta de que algunos de los asesinatos habían sido muy precisos y efectivos, mientras otros daban una impresión de completa incompetencia (los de Carl Denaro, Donna DiMasi y Sal Lupo).

De acuerdo con un informador, el criminal vestido con cazadora vaquera que había disparado sobre las dos escolares, era un miembro femenino de la secta. Donna Lauria fue asesinada porque sabía cosas de la secta, y Christine Freund porque había molestado a uno de sus miembros.

El asesino de Stacy Moskowitz era John Carr, e incluso había sido filmado con cámara de vídeo para hacer una película ritual, una especie de cinta snuff. Por ello el asesino escogió un coche bien iluminado, bajo una farola, y no el de Tommy Zaino, situado en un rincón oscuro. Zaino había cambiado de sitio el coche media hora antes del tiroteo.

Terry llegó hasta a averiguar el nombre del líder de la secta satánica de Nueva York: Roy Alexander Radin, un magnate del show busssines que se trasladó a California en 1982. Pero lo averiguó demasiado tarde; Roy Radin fue asesinado en California el viernes 13 de mayo de 1983. Su cuerpo fue abandonado en Death Valley (el Valle de la Muerte, el antiguo coto ritual de Charles Manson) con una Biblia, cuya inscripción estaba borrada, abierta a su lado.

Las pruebas descubiertas por Maury Terry, publicadas en su libro The ultimate evil, apoyan sustancialmente la teoría de que David Berkowitz no actuaba solo. También dejaban bien claro que aunque John y Michael Carr, y Roy Radin estaban muertos, la mayoría de los restantes “Veintidós Discípulos del Infierno” seguían en libertad. El libro de Terry terminaba con la descripción de algunos crímenes recientes que parecían indicar que la secta continuaba en activo.

El 10 de julio de 1979, en la prisión, David Berkowitz fue víctima de un ataque con una cuchilla de afeitar en el bloque de celdas Attica, reservado a los prisioneros de alta peligrosidad. Otro recluso le hizo un corte en la garganta desde la parte izquierda hasta la nuca. Necesitó cincuenta y seis puntos. Si el corte hubiera sido algo más profundo lo habría matado. Berkowitz se negó a decir quién lo había hecho. Posteriormente, declaró que el atentado había sido inspirado por la secta secreta con la que había estado mezclado para asegurarse de que cumpliría su voto de silencio.
Arma que uso El hijo de Sam en sus crimenes en el Museo del FBI

Tras los asesinatos de “El Hijo de Sam”, el edificio de apartamentos donde había vivido Berkowitz se convirtió en un lugar de peregrinación para cazadores de recuerdos, psicópatas y admiradores. Robaron los picaportes, trozos de alfombra, incluso lajas de pintura de la puerta de Berkowitz. En medio de la noche, la gente gritaba desde la calle: “¡David, sal...!” El departamento de David no fue realquilado por falta de inquilinos dispuestos a habitarlo; la mitad de los restantes vecinos abandonaron la casa. Incluso después de que el propietario cambiase el número de Pine Street de 26 a 42, para confundir así a los visitantes.

David Berkowitz años mas tarde de su captura.


Años después, se promulgó la “Ley Hijo de Sam”, para impedir que los asesinos en serie obtuvieran dinero por sus crímenes, al vender sus historias para crear libros o películas. Curiosamente, Berkowitz se convirtió en uno de los mayores activistas en ese sentido: luchó mucho tiempo para que un asesino nunca obtuviera retribuciones económicas vinculadas con sus asesinatos.



LAS CARTAS DE SAN 



Recopilatorio de imagenes de las cartas del caso de “El Hijo de Sam”

Puede ampliar las imagenes haciendo clic sobre ellas.

 





 MUESTRAS GRÁFICAS E INTERPRETACIÓN GRAFOLÓGICA SOBRE David Berkowitz



 HAGA CLIC SOBRE LAS IMAGENES PARA AGRANDAR

FUENTE
FOTOS DE SUS FICHAS POLICIALES


FUENTES: ESCRITO CON SANGRE, SEMINARIO DE GRAFOLOGIA FORENSE, THE BIOGRAFY CHANNEL.

Las siguientes Fotos han sido cedidas por Marco Besas


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