El crimen del Rol

Todo ocurrió un 30 de abril de 1994 en un barrio de Madrid, pasaban algunos minutos de las 4: 15 y como cada madrugada Carlos Moreno, de 52 años esperaba el autobús después de una dura noche de trabajo.

De pronto, dos jóvenes a los que posiblemente no pudo ver con claridad dada la mala iluminación de la calle se le acercan. Tal vez observó que eran muy altos, y uno de ellos algo más corpulento que el otro. No tuvo tiempo para más. Pensó que querían atacarle, aunque por desgracia ésta no era la idea quecruzaba por sus mentes. El pretexto del robo sirvió únicamente para que, armados con afilados cuchillos y sin ninguna justificación aparente, le asestaran diecinueve puñaladas, como posteriormente revelaría la autopsia.
                                                                                                                           Foto Carlos Moreno


(Fragmento del diario de Javier Rosado)

Si hubiese sido la 1,30 de la madrugada no le habría pasado nada. Pero así es la vida. Nos plantamos ante él. Sacamos los cuchillos. Él se asustó mirando el impresionante cuchillo de mi compañero. "¿Le importa poner las manos en la espalda?", le dije yo. Me agaché para cachearle, pero él se debatió
con fuerza. Yo caí en el terraplén y quedé atontado por el golpe, pero mi
compañero ya había comenzado a darle puñaladas. La presa redobló sus esfuer
zos. Chilló un poquito más: ¡Joputas,... no, no, no me mateis!".

Ya comenzaba a molestarme el hecho de que ni moría ni se debilitaba, lo que
me cabreaba bastante. Mi compañero ya se había cansado de apuñalarle al azar.
Seguía vivo, sangraba por todos los sitios. Es espantoso lo que tarda en morir
un idiota. Ví una porquería blanquecina saliendo-le del abdomen. Le dije a mi
compañero que le cortara la cabeza. Lo hizo y escuché un " ñiqui, ñiqui"...
A la luz de la luna, contemplamos a nuestra primera víctima. Sonreímos y nos
dimos la mano. Me miré a mi mismo y me descubrí absoluta y repugnantemente
bañado en sangre. A mi compañero le pareció acojonante y yo lamenté mucho no
poder verme a mi mismo o hacerme una foto. Mis sentimientos eran de una paz
y tranquilidad total: me daba la sensación de haber cumplido con un deber,
con una necesidad elemental que por fin era satisfecha...

Poco tiempo después, y gracias al chivatazo de Enrique Martínez, la policía detenía a dos jóvenes:
Javier Rosado, estudiante de Químicas, de 20 años, y Félix Martínez, de 17, 
estudiante de C O U . Posteriormente,otros dos jóvenes más serían inculpados: 
Javier Hugo Ercilla (acusado de conspirar para cometer un segundo asesinato el mismo día en que Javier Rosado y Félix eran detenidos) y Jacobo Parra Sanz (aunque, durante el juicio, la Fiscalía retiraría los cargos contra este último).


Habían matado a un humilde empleado de limpieza al que ni tan siquiera conocían de vista- a causa de un juego ideado por Rosado llamado Razas, y el motivo no era otro que el aspecto de la víctima: calvo, rechoncho y bajito, como se describía con todo lujo de detalles en un diario escrito por Rosado y hallado en la casa de Félix. En este relato (¡según Rosado producto de la ficción! ) se explicaba todo el proceso que tuvo lugar desde que ambos jóvenes afilaron los cuchillos hasta que se lavaron la sangre después de haber dado
muerte a Carlos Moreno.
En ningún momento sintió pena ni arrepentimiento según confiesó Javier Rosardo, si no más bien despreció.

"Hay que ver lo que tarda en morir un Idiota"
personalidad sádica, altamente peligroso que podría cometer cualquier otro crimen violento.
«Tengo 43 personalidades diferentes. Tiro el dado y si sale la 26 tengo que actuar como la 26 (...) Yo hablo con ellas, no me controlan, son compañeras invisibles», explicó Javier Rosado a los doctores que le interrogaron.


A Javier se le condenó a 42 años y 2 meses de prisión, con 28 años de reclusión mayor por asesinato, 4 años, dos meses y un día de prisión menor por el delito de robo y diez años y un día por el delito de conspiración para el asesinato. A Félix Martínez, por la atenuante de su minoría de edad en el momento del suceso, se le condenó a 12 años y un día de reclusión menor por asesinato.


El abogado de Javier Rosado interpuso un recurso de casación que fue desestimado. El asesino ha disfrutado de varios permisos puntuales para asistir a varios exámenes académicos y en el año 2007 solicitó un tercer grado que se le denegó, aunque dada la cantidad cumplida de su condena (13 años) su prisión podría atenuarse en breve. De hecho, se le concedió el tercer grado en marzo de 2008.

Por lo que se refiere a Félix Martínez, desde que cumplió su condena en España y rehabilitarse, buscó trabajo en Alemania, procurando aislarse de la atención de los medios de comunicación.
"Salimos a la una y media. Habíamos estado afilando los cuchillos, preparando los guantes y cambiándonos. Nos pusimos ropa vieja en previsión de que la que llevaríamos quedaría sucia. Quedamos en que yo me lanzaría desde atrás y agarraría a la víctima mientras mi compañero le debilitaba con un gran cuchillo. El mío era pequeño pero muy afilado, fácil de disimular y manejar, ya que debía cortarle el cuello. Yo sería quien matase a la primera víctima...". Con estas palabras comienza el espeluznante diario de seis páginas en el que Javier Rosado, master de rol, y uno de los asesinos de Carlos Moreno, relata con todo detalle el desarrollo del crimen.

El 30 de abril de 1994, el conductor del autobús que recorre el madrileño barrio de Bacarés descubrió, entre los matorrales cercanos a la parada, el cuerpo sin vida de un hombre sádicamente asesinado. Si no fuera por las 60.000 ptas. en uno de sus bolsillos, un reloj, y un trozo de guante de látex, supuestamente roto durante el forcejeo, todo parecía indicar que se trataba de la víctima de un robo.

El crimen era todo un enigma hasta que la policía detuvo a los dos presuntos autores: Javier Rosado y Félix Martínez, de 21 y 17 años respectivamente. Los jóvenes se conocieron practicando su juego preferido: el rol, y más concretamente "Razas", ideado por el propio Rosado e inspirado en la xenofobia.

Rosado propuso a sus compañeros habituales de juego implicarse más de lo habitual, y buscar una verdadera víctima siguiendo las instrucciones de "Razas". Nadie, salvo Félix, le tomó en serio.

Esa misma noche decidieron poner en práctica su juego. Estuvieron un buen rato sentados en un banco del parque planeando el crimen, hasta que finalmente acordaron matar a una mujer. Desde su asiento iban descartando posibles víctimas entre la gente que pasaba. Al cabo de una hora, hartos de esperar, resolvieron ser ellos quienes buscasen la "presa" por las calles cercanas. A las cuatro y media, desesperados y rabiosos, optan por matar a la primera persona con la que se topasen. Éste sería Carlos Moreno, un empleado de limpieza de 52 años que se encontraba esperando el autobús para regresar a su casa...

"No sabíamos que hacer cuando vimos a una persona andar hacia la parada. Era gordito y mayor, tío y con cara de tonto, y nos planteamos esta última posibilidad. Lo planeamos entre susurros: sacaríamos los cuchillos al llegar a la parada, simularíamos un atraco y le pediríamos que nos ofreciera el cuello (no tan directamente, claro). Entonces yo le metería mi cuchillo en la garganta y mi compañero le apuñalaría en el costado... ¡Simple!". "Desde el principio me pareció un obrero, un pobre desgraciado que no merecía la muerte. Era rechoncho, con una cara de alucinado que apetecía golpear, barba de tres días, una bolsita que parecía contener ropa, y una papeleta imaginaria que decía "quiero morir" menos acusada de lo normal. Si hubiera sido nuestra primera posibilidad, allá a la una y media, no le hubiera pasado nada, pero... ¡así es la vida!".

Se acercan al hombre sacando los cuchillos y, mientras le piden todo su dinero, le sujetan las manos a la espalda. Como si se tratase de simples ladrones, empiezan a registrar sus ropas a la espera de una buena ocasión para comenzar la carnicería...

"Le dije que levantara la cabeza y le clavé el cuchillo en el cuello. Emitió un sonido estrangulado de sorpresa y terror. Nos llamó "hijos de puta". Volví a clavarle el cuchillo en el cuello, pero me daba cuenta de que no le estaba haciendo prácticamente nada, excepto abrirle una brecha por la que empezaba a sangrar. Mi compañero ya había comenzado a debilitarle con puñaladas en el vientre y en los miembros, pero ninguna de ellas era realmente importante. Sólo le distraían del verdadero peligro, que era yo..."

Llevado por la desesperación, Carlos trató en un par de ocasiones de liberarse de los dos verdugos apartándolos de un empujón y echando a correr, pero el estado de flaqueza en el que se encontraba, y las continuas puñaladas que sus atacantes siguen propinándole en todo el cuerpo, no le permiten llegar muy lejos.


Féliz Martínez (izquierda) y Javier Rosado. Foto Interviu

Para evitar más intentos de huida empujaron a la víctima por un terraplén, siguiendo con su despiadado ataque...

"Decidí cogerle por detrás e inmovilizarle para que mi compañero le matara. La presa redobló sus forcejeos, pero estábamos en la situación ideal conmigo sujetándole y mi amigo dándole puñaladas. Empezó a cabrearme el hecho de que no se muriera. Seguí intentando sujetarle y mis manos encontraron su cuello, y en él una de las brechas causadas por mi cuchillo. Metí por ella una de mis manos y empecé a desgarrar, arrancando trozos de carne, arañándome las manos en mi trabajo... era espantoso. ¡Lo que tarda en morir un idiota! Llevábamos casi un cuarto de hora machacándole y seguía intentando hacer ruidos. ¡Que asco de tío! Mi compañero me dijo que le había sacado las tripas. Vi una porquería blanquecina saliéndole de donde tenía el obligo y pensé: ¡Cómo me paso! Redoblé mis esfuerzos y me alegré cuando pude agarrarle la columna vertebral y empecé a tirar de ella. No cesé hasta descoyuntársela. Nuestra presa seguía viva y emitía un sonido similar a las gárgaras, insistentemente y cada poco tiempo. Le dije a mi compañero que le cortara la cabeza para que dejara de hacer ruido. Escuché un "ñiqui, ñiqui" y quejas de mi amigo de que el hueso era muy duro. A la luz de la luna contemplamos nuestra primera víctima. Sonreímos y nos dimos la mano. Me descubrí absoluta y repugnantemente bañado en sangre. A mi compañero le pareció acojonante, y yo lamenté mucho no poder verme o hacerme una foto. Uno no puede pensar en todo...".

Casi al final de este macabro diario, Rosado confiesa que incluso brindaron y se fumaron un puro felicitándose por el crimen. Afirma que sentía una paz espiritual total, que tenía la sensación de haber cumplido con un deber, con una necesidad elemental que por fin era satisfecha. No sentía ningún tipo de remordimiento. En las últimas líneas menciona un próximo crimen:

"Pobre hombre, no merecía lo que le pasó. Nosotros buscábamos adolescentes y no pobres obreros. En fin, la vida es muy ruin. Calculo un 30% de posibilidades de que nos atrapen. Si lo hacen será por irse de la lengua. La próxima vez le tocará a una chica... y lo haremos mucho mejor."

El diario fue una de las pruebas más importantes presentadas en el juicio, revelando a Javier Rosado como autor e inductor del asesinato de Carlos Moreno. Los expertos no se ponen de acuerdo sobre la personalidad de Javier. Mientras unos lo tratan como un psicópata que debe ir a la cárcel, para otros no es más que un esquizofrénico paranoide, que debe ser internado en un centro psiquiátrico. Rosado declaró que nació con 17 años y que en su interior convivían 43 personalidades diferentes. Cada una de ellas tendría unas reglas y valores distintos. Los psicólogos defendieron que el asesino mentía para salir indemne del juicio. Finalmente Javier Rosado fue condenado a 42 años de cárcel, y Félix Martínez, menor de edad, a 12 años.


Hijos de Carlos Moreno
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